La Esfinge y el mozuelo
Capítulo
1
En algún lugar de este mundo existen seres fantásticos,
son considerados míticos, ya que la humanidad perdió contacto con ellos desde
hace eones, esos maravillosos seres con múltiples dones y prodigios.
Sabiduría,
Fuerza, Magia, Destreza, Inmortalidad, Conjuración, Riquezas, Gloria, Luz y Obscuridad.
Muchos de ellos más antiguos
que el propio planeta, viniendo otros de lejanos planetas e incluso otras
dimensiones incomprensibles por el hombre, algunos presenciaron la creación del
mismo universo.
De entre todos ellos, esta
historia se centrará en una de las criaturas más enigmáticas para los hombres,
narrando la historia de la Esfinge de
las Dunas.
Este fantástico ser era
conocido como a sus hermanas por crear enigmas sin una respuesta en concreto
sino con una réplica aceptable, bajo los altos criterios de la Diosa Nera,
quien se encargaba de criar a las esfinges desde su nacimiento hasta que eran
capaces de valerse por sí mismas.
Estos seres con rostro de
hermosas mujeres y quimeras en su constitución, también albergaban en sus dominós
exquisitos tesoros que iban más allá de oro y la plata, algunos juraban que el
secreto de la vida eterna, otros el conocimiento del universo y los más
aventureros decían que la forma de convertirse en un Dios.
No les agradan los hombres,
porque a lo largo de las diferentes eras han contemplado el ir y venir de
numerosas civilizaciones, movidas por su ambición de poder y su sed de
venganza, capaces de sacrificar a los suyos por una piedra brillosa, destacando
su codicia, lujuria, envidia, pereza, gula, soberbia e ira. Cuando un hombre se
les acercaba, estas con su inteligencia y astucia, generaban enigmas para
probar su determinación, y si lograban salir airosos, se les concedía el don
que ellas protegieran y en caso de fallar eran brutalmente asesinados, no
importaba cuantos fueran, si uno o un ejército, todos terminaban despedazados.
Las entidades cósmicas y caóticas,
crearon a estos seres fantásticos a razón del equilibrio en toda la existencia
y la no existencia., una fuerza nacida del caos era contrarrestada con un alma
nacida del cosmos.
Es prácticamente imposible
saber el tiempo transcurrido, y tampoco cuantificar todas las civilizaciones
que se erigieron y después quedaron en el polvo, salvo las historias que se
cuentan en los mitos de los Dioses antiguos y de sus hijos campeones mezclados
con los hombres siendo estos inferiores, pero iguales en materia, naciendo los casi
Dioses, capaces incluso de crear milagros entre la humanidad.
Un mozuelo de dieciséis años,
caminaba por el desierto carmesí, se aproximaba a las dunas de la esfinge, los
viajeros experimentados evitaban a toda costa esos parajes, puesto que no se movía
un grano de arena en esa zona, sin que ella lo supiese.
Aquella poderosa esfinge
custodiaba un tesoro desconocido por cualquier hombre e incluso por los Dioses,
muy pocos habían guardado la vida después de si quiera haber puesto un pie en
sus dunas.
Se contaba que hace mucho uno
de los campeones de los Dioses, conocido por su fuerza descomunal, se enfrentó
a esta criatura que no ser por la ayuda de su padre, habría perdido la vida,
sin importar que hubiese podido destruir una montaña a puñetazos.
Aquel muchacho con ropas harapientas
y sucias, cubriéndose el rostro y protegiendo su cabeza con un turbante,
caminaba descalzo por la abrazadora arena carmesí., debía cruzar las dunas, su corazón
anhelaba hacerlo pronto, puesto que un ser amado le necesitaba.
La arena se sentía como carbón
incandescente bajo sus pies, lacerándoselos poco a poco, esta era la primera
advertencia antes de llegar en presencia con la esfinge., pero el mozuelo siguió
adelante, no importaba que sus pies quedaran hechos trizas, pues debía cruzar,
no dio marcha atrás, redoblo el paso y siguió adelante.
De pronto una tormenta de
arena se hizo presente, impidiendo al jovencito mirar por donde debía seguir,
la espesura de la arena se hacía cada vez mayor y con ella, ahora vino un
viento helado el cual le calaba hasta los huesos., esta era la segunda
advertencia, pero al igual que la primera también fracaso, sus pasos eran lentos,
pero siguió adelante.
La tormenta ceso de golpe y
la noche cubrió todo con su manto negro, en el cielo no había estrellas, solo
una enorme luna llena, iluminando todo a su alrededor, bañando con su luz a las
preciosas dunas, pronto se presentaría con la esfinge.
A causa del fuego sofocante
de la arena carmesí y de los vientos helados, el doncel no pudo dar un paso más,
sus carnes sufrían de un dolor inenarrable, podía contemplar como el frió
congelaba su aliento, mientras sus pies ardían de dolor.
Obligo a su cuerpo a moverse,
y con la energía que le quedaba dio un paso, y después otro, y después otro
hasta que volvió a avanzar, ahora más lento que antes, pero sin detenerse.
Al instante escucho el aleteo
distante y espaciado, los vientos gélidos desaparecían con cada revoloteo de
esas alas, como también la arena se disipaba para descubrir un suelo de piedra.
Parpadeo lentamente y al
abrir los ojos, escucho cascabeles acercarse por detrás hacia él, volteo
violentamente y nada encontró, giro su cabeza lentamente y de entre las sombras
se presentó ante él.
"La
Esfinge de las dunas"
Capítulo
2
La luz de la luna, se volvió más
intensa los destellos golpeaban la arena blanca iluminando todo a su paso, las pálidas
sombras que cubrían a la esfinge empezaron a desaparecer, y unos enormes ojos
celestes lo observaron con curiosidad, mientras que el mozuelo vislumbraba el
poderoso cuerpo de león, acompañado por unas gigantescas alas de halcón, pero
todo se difuminaban al torso de una mujer desnuda con largos cabellos dorados y
una nariz afilada, la exquisitez de sus labios solo puede ser comparado con la
intensidad de una rosa carmín.
El viento movía suavemente su
pelaje y sus dorados cabellos, sus ojos se encontraron con los de él, y ambos
se miraron con determinación, retándose mutuamente en un duelo de miradas, el
mozuelo agacho la mirada y se postro ante la esfinge.
- Señora mía, no merezco estar
ante vuestra presencia, me arrodillo ante usted, para mostraros mi respeto.
- ¿Quién te ha dicho que soy
vuestra señora? – Respondió con un tono molesto la esfinge, pero con una
elegancia que endulzaba los oídos.
El joven empezó a quitarse el
turbante y los harapos que cubrían su rostro, revelando las facciones de un
muchachito de no más de catorce años, sus ojos intensos como el fuego, miraron
suplicantes a la esfinge.
-No tengo el derecho de
llamarla mi señora, eso lo sé, no quería ofender a la esfinge de las dunas, guardiana
de dones y prodigios, ya que no puedo llegar a vuestro hogar y esperad que se
me bien reciba por mi descortés intromisión.
Ella, no encontró hostilidad en
sus palabras, sino un dejo de respeto, que ella apenas aprobó, mientras su
cuerpo felino suavemente se posó en sus patas para después sentarse cómodamente.
- ¿Cuál es el motivo de
vuestra visita, además de importunarme? Hablad ahora o marchaos.
El mozuelo se armó de valor,
dejando sus ropajes gastados frente a ella, lentamente empezó a quitarse la
ropa, hasta quedar desnudo frente a la esfinge.
-Señora, miradme estoy
desnudo a vuestros ojos, si quisiera importunaros, traería conmigo un arma o
tal vez un brebaje mágico e intentaría dañaros, esa no es mi intensión, pero he
decir que me encuentro en un periplo y acudí a vuestra merced en búsqueda de
ayuda.
La esfinge lo miro arqueando
una ceja, extrañándose por el gesto y sus palabras, pero le importo poco, ya
que conocía al hombre, sus misterios y sus bajezas.
-No me extraña que vengas a
pedirme algo, los de tu especie se distinguen por no saber resolver sus propios
problemas, buscan la riqueza de otros, la sabiduría de otros, el poder de
otros, pero por las leyes de mi madre Nara, tengo que darte una oportunidad,
¿Quieres resolver mi acertijo? O Puedes retirarte ahora y de esa manera me estarás
mostrando un poco de respeto – El Mozuelo enmudeció por momentos y después hablo.
-Señora, no puedo retirarme,
esa no es una opción, y resolver vuestro acertijo tampoco el algo que desee… -
La esfinge al escuchar sus últimas palabras lo interrumpió de golpe abalanzándose
sobre él.
-Insensato ¿¡Cómo osas
ofender las leyes de mi madre Nara!? Debería matarte ahora mismo – Rugió con
furia, pero el muchacho le sostuvo la mirada mientras quedo de espaldas hacia
la arena, después de que ella saltase sobre él.
Paso suavemente una de sus
garras sobre su pectoral izquierdo, abriendo una herida como su fuera la más
afilada de las dagas, el dolor invadió su carne además de que sentía como si
sus garras estuvieran cubiertas de un fuego incandescente, lacerando y
cauterizando a la vez., su cuerpo se cimbro entrecerrando los ojos y
resistiendo al intenso dolor.
- ¡Por favor señora! – Dijo suplicante
el mozuelo – Escuchadme y después podéis acabad conmigo, solo permitidme esa
voluntad, ¡Por favor!
La esfinge con su felino
andar se apartó de él, en un salto volviendo después a sentarse sobre sus
patas.
- ¿Por qué quieres prolongar
tu agonía? Te di la oportunidad de retirarte de acuerdo a las leyes de mi madre,
y simplemente no tomaste ninguna de las dos opciones, mi acertijo es la
eternidad y la otra opción era la vida, en cuyo caso al lanzar hipotéticamente una
moneda al aire, no cayo de cara ni de cruz, sino… –Pregunto la esfinge.
-De canto, señora… - Se levantó
aquel joven, le faltaba el aire, aunque jadeante se incorporó, por momentos se
le nublaba la vista, y poco a poco le regresaban las fuerzas.
- ¿Cuál es tu voluntad
mozuelo? – La esfinge entrecerró los ojos y cuestiono al doncel.
- Señora, mi voluntad solo es
cruzar vuestra duna para llegar a la ciudad, en ella hay alguien que espera mi
llegada, y no puedo fallarle, incluso si se me va la vida en ello.
- ¿Tan importante es como
para que pierdas la vida en mi presencia? – Comenzó a lamer una de sus patas
delanteras, alternando entre una y otra.
- Si - Respondió puntualmente el mozuelo, mientras
miro fijamente a los ojos de la esfinge.
-Francamente eres un tonto, podías
rodear mis dominios para llegar a la ciudad.
-Tardaría tres días en hacerlo
señora, y no me queda tiempo que perder., se me va la vida como quien pretende
tomar agua en el rio solo con sus manos, poco a poco no me queda nada, puesto
que se me ha escapado entre los dedos casi por completo.
- ¿Y no estas interesado en
el conocimiento del mundo? ¿La vida eterna? O quizás ¿Riqueza infinita? Todo está
al alcance de un enigma.
- No – Volvió a responder de
forma concisa y con desolación - ¿De qué me serviría el conocimiento del mundo?
Si mi mundo ha muerto, ¿Para qué deseo la vida eterna? Si el espíritu humano al
morir se vuelve eterno. La riqueza infinita no llenaría nunca el vacío de mi corazón,
puesto que sería como querer mitigar la sed llenando mi boca con arena incandescente.
-Hablas con cierta sabiduría muchacho
– Se sorprendió la esfinge, aumentando así su curiosidad., pero sin quitarle
los ojos de encima – Hubo una vez un hombre que derroto a una esfinge, resolvió
su acertijo y ella se quitó la vida al sentir la deshonra, él se convirtió en
rey y así encontró su perdición., aun teniendo el conocimiento del mundo de
nada le sirvió, en la eternidad nada es permanente, solo existe el constante
cambio y no hay descanso, para un eterno un instante son milenios, y mucho
tiempo es la extensión del mundo, todo regresa en un ciclo infinito hasta que
te conviertas en polvo, la riqueza infinita no llena al hombre, puesto que aun teniéndolo
todo, nada en si dará para los demás, quita y sigue quitando, hasta que no
puede más, porque la ambición es un saco roto que jamás se llenara.
El joven, guardo silencio y
escucho con atención a la esfinge, mientras esta se movía de un lado al otro,
sin perderla de vista, aun le dolía la herida de su pecho.
-Joven hombre, veo en ti un
enorme potencial y un noble corazón, he de advertirte que tu periplo no va a
terminar bien, puesto que los de tu estirpe se regocijan en la guerra y en la
aparente gloria en destruir a otros, y la ciudad donde tu deseas llegar, solo
hay destrucción y miseria., ¿Aun así deseas ir?
El muchacho, sentía un
horrible dolor recorrer su cuerpo, y aun tras la advertencia de la señora, este
no claudico.
- Si – Contesto jadeante ante
la esfinge.
- Tomad vuestras cosas y
largaos de mi vista no sin antes decidme ¿A quién deseáis ver en esa pútrida ciudad?
– El jovencito se arrodillo ante la esfinge y respondió.
-A mi madre, que está muy
enferma y pronto morirá – Sollozo el muchachito.
-Que la Diosa Nara te proteja
mozuelo, habéis pasado mi prueba.
-Que os bendiga vuestra madre
Nara, señora mía.
Capítulo 3
Hasta la eternidad
El mozuelo, siguió su camino dejando poco a poco atrás a la hermosa esfinge, quien no dejo de contemplarlo hasta que ambos desaparecieron de la vista del otro, protegió su cuerpo poco a poco con sus harapos, la noche, aunque horriblemente helada, no le detenía incluso sin darse cuenta el dolor menguo, su aliento aún se congelaba a salir de sus labios, pero su calor interno era mucho más intenso.
Camino durante mucho tiempo y a lo lejos contemplo un camello sin dueño que venía hacia él, cruzando miradas y probablemente la misteriosa magia del desierto hizo que sus emociones se entrelazaran, el jamelgo con una expresión impávida lo invito a seguirlo al camino contrario a la ciudad, pero este con un gesto amable declino la oferta, al pasar junto al doncel el bello animal se sacudió dejando caer una alforja con agua, este le sonrió y después se alejó perdiéndose entre las dunas.
El muchachito tomo la alforja y agradeció a la Diosa Nara, bebió hasta la última gota, y su cuerpo se renovó una vez más, los helados granos de arena eran tan fríos que le quemaban, la dificultad en su periplo no había disminuido ni un poco, pero sabia que él podría llegar.
A lo lejos, pudo contemplar un fuego danzante, con unas bellas formas que se arrebolaban intensamente, y al encontrarse el fogón miro al muchacho y este lo hizo de vuelta, se reverenciaron mutuamente y este cual doncella se ruborizo y empezó a chispear, arrojando una braza a la alforja que llevaba en las manos, calentando su materia y espíritu., él lo agradeció y le dedico una sonrisa para después dejar danzando a aquel hermoso fuego.
El calor que desprendía era tan intenso que lo arranco de los brazos del viejo frio, las estrellas tintinearon alegres para él, mostrando el camino mientras abrazaba su alforja, y caminando poco a poco se acercaba a su destino.
Pasaron horas tal vez, y pudo ver el vestigio de una batalla, armas tiradas en la arena, estandartes y armaduras vacías al borde del herrumbre, pero no a ningún cadáver, solo un fino manto en el sueño de color carmesí, que de manera lenta se movía en dirección de las dunas de la esfinge, en ese momento el comprendió y sonrió para sí mismo.
Sigo su paso hasta que se alejó de ese paraje, y encontró a un rebaño de cabras vagando solas por el desierto, la más grande, las lideraba, un carnero muy corpulento y musculoso, que al ver al mozuelo se detuvo en seco, mostro sus astas en señal de ofensa, todas las demás se pusieron detrás, el doncel se reverencio ante su líder y después siguió su camino, dejando todo atrás.
Al final llego a las puertas de la ciudad, todo estaba sucio y con un olor nauseabundo, cueva de ladrones, de bellacos y asesinos, cantinas y burdeles por doquier, contrabando y magia negra rondaban por las esquinas, el no tenia miedo, muchos de ellos eran conocidos o viejos amigos, si bien se dedicaban a la villanía, no todos tenían un corazón malo, lo que tenían era necesidad y mucha hambre como su propia familia, que en antaño, había tenido un padre y una hermana, que ahora descansaban en el sueño eterno, su madre quien era una prostituta, había trabajado arduamente para sacarlo de la ciudad, solo ella sabe el sufrimiento y las lagrimas derramadas por el dolor de perderlo todo.
El mozuelo llego a la choza más humilde, abrió lentamente la puerta y encontró a su madre, desmejorada recostada en el suelo, contemplando el techo, cuando se percató de su presencia, sus ojos se iluminaron con tanto amor que parecía que no hubiera pasado el tiempo, intento levantarse, pero no pudo hacerlo ya que sus carnes no guardaban ni un ápice de fuerza.
Su hijo se sentó a su lado, coloco de manera amorosa su cabeza en sus piernas, mientras acaricio su rostro y le dijo.
-Ahora puedes descansar madre mía, hecho esta, que tu hijo te acompañara de aquí hasta la eternidad, junto a mi padre y mi hermana…
Su madre cerro los ojos y no volvió a abrirlos nunca más.
Capítulo Final
Salió de la ciudad con el cuerpo de su madre a cuestas, envuelta en unas humildes sabanas, nadie se percató de ello, puesto que los cadáveres se apilaban y muchos saqueaban los cuerpos, que para ellos solo era uno más aprovechándose de la ocasión.
Se alejó mucho de la ciudad, en su corazón había un enorme dolor, mas lacerante que las garras de la esfinge, sus lágrimas brotaban de sus ojos con una tristeza profunda, recordando la poca felicidad que alguna vez pudo tener con su familia, se encontró con el carnero quien ahora estaba solo, buscando a todo su rebaño, sus miradas se cruzaron nuevamente, y al contemplar que llevaba a su madre este ahora lo reverencio a él y se marchó.
Camino hasta llegar donde alguna vez había sido un campo de batalla, ahora todo estaba cubierto por arena carmesí, retomo su paso aún más raudo que antes, apenas podía sentir el peso del cuerpo de su madre redoblando su paso.
Volvió a ver a lo lejos el hermoso fuego, pero ahora estaba empequeñecido y a punto de apagarse, se acercó y destapo la alforja para que lo acompañara y nuevamente se ruborizo y salto dentro de la alforja.
Sigo su paso ahora sintiendo que las fuerzas le abandonaban cada vez más, el camello lo estaba esperando, sentado pacientemente sobre sus patas, en su mirada contemplo el dolor y se acercó para que subiera a su lomo y llevara a su madre junto a él.
Se aproximaron a las dunas de la esfinge, pero antes de cruzar el mozuelo le pidió que no la importunaran, ella ya había hecho suficiente por él, al permitirle cruzar sus dominios, el jamelgo no lo escucho y se adentró a las dunas, que ahora se veían muy diferentes, aún más hermosas que anteriormente, llegaron a la parte más profunda, pero no estaba la esfinge, el hermoso animal se detuvo y después de que el muchachito tomara a su madre, se alejó, este le agradeció y le pidió a Glu por su buen camino.
Volvió a caminar, y cuando ya no le quedaron fuerzas, se detuvo, recostó suavemente a su madre, cerro un momento los ojos y al abrirlos, volvió a verla.
-Señora mía… creo que he vuelto a importunaros, mucho ha hecho por mi al dejarme cruzar y ahora, nuevamente me veo en la necesidad de regresar a vuestras dunas.
La esfinge se acerco lentamente, contemplo al muchachito y después a las sabanas con que había envuelto a su madre.
-Lamento que vuestro periplo haya terminado de esta manera, aunque os lo advertí, ¿Deseas enterrar a vuestra madre en mis dunas? – El jovencito no podría creer las palabras de aquel hermoso ser.
-Oh mi señora, no puedo aceptar tal regalo, no somos merecedores de tan hermoso ofrecimiento – La esfinge mostró una mirada piadosa, se acercó suavemente hacia el joven.
-Prometo que cuidare bien a vuestra madre, y que su corazón se hará uno con estas dunas y así encontrara una paz eterna, como bien dijiste el espíritu se vuelve eterno y la materia alimenta a la misma Tierra, aun qué en el desierto no brote vida alguna, esa es la voluntad de Nara, todo siempre regresa a ella.
-Mi señora… no podría…- La esfinge sonrío.
-Como tu señora, te pido que cumplas mi voluntad – El muchachito, lloro de felicidad, sintiendo un hermoso regocijo en el corazón.
Prepararon los funerales de su madre en corazón de la duna, la pequeña flama purifico el cuerpo de su madre, uniéndose con su materia, convirtiéndose en arena carmesí, agradeció al muchacho con un ultimo rubor.
La esfigne tomo los restos guardándolos como un tesoro, y después de que el mozuelo no pudo llorar mas, preparo su camino, despidiéndose de su madre, al final antes de marcharse, le hizo una pregunta a la esfinge.
-Mi señora, se que todas vuestras hermanas guardan un secreto o un tesoro, pero del vuestro no se sabe nada, podría decirme ¿Cuál es? – La esfinge se ruborizo, volteo la mirada y después se volvió al mozuelo.
-El amor- Ambos sonrieron y se miraron el uno al otro.
Fin
Memorias del caminante indómito.